Aprovecho estas (merecidas) vacaciones para un nuevo intento de leer Rayuela. El cuarto o quinto. El exceso de francophollie me saca de quicio. Hay una clase particular de personas (en Cancillería hay muchos) que se cree la última coca-cola del desierto por hablar perfecto francés y conocer París como la palma de su mano. No sé, tengo amigos que hablan turco, persa, ruso o shaka zulu y lo llevan con naturalidad y gracia. Pero el francés, no.
Esa clase de personas que menciono se esfuerza por mostrar su asquerosidad. Hablan en francés entre ellos, tratando de detectar de qué arrondisement es el acento del otro. Como catadores de vinos. Mencionan un bistro exquisito en la Rue de Tribilin. Ojo que no tengo nada contra Francia o los franceses. Hasta tengo amigos franceses. Muy buena gente. Mi tema es con la francophollie, la necrophillie. El francés hoy es como era el latín antiguamente. 100% inútil, pero la gente se creía superior por conocer su gramática. Y ese prejuicio siempre me impidió disfrutar de Rayuela. O simplemente pasar las páginas.
Pero bueno, estoy de vacaciones y el médico me pidió que no sulfure. Así que me traje Rayuela, y logré terminar el primer capítulo. Lo voy llevando bien, pero necesito descargarme. Así que para pasar el rato en esta noche tropical, propongo una relectura del primer capítulo, sustituyendo las partes más pelotudas con elementos igualmente pedantes pero que me hagan sentir más cómodo.
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¿Encontraría al Brujo? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la Meiji Dori, al viaducto que sube hacia Daikanyama, y ya su silueta delgada se inscribía en el Namiki Bashi, a veces andando de un lado al otro, a veces detenido en el pretil de hierro imitando madera, inclinado sobre las vías de la Yamanote. Pero él no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto de ni-chome o en el Goruden Gai, quizá estuviera charlando con una vendedora de takoyaki o comiendo un yakisoba en Harajuku. De todas maneras subí hasta el puente y el Brujo no estaba. Dou shiyou to omotte...
Te acordarías Brujo de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Kinuta Koen, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado al lado de Hachiko, en Shibuya Eki, abandonado por alguna yamamba, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo. Yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque y desde allí lo tiré con todas mis fuerzas. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde y procelosa, kudaranai mono ano furui kasa kimi ga aru hi mitsuketa.
¿Qué venía yo a hacer a Namiki Bashi? Me parece que ese jueves de diciembre tenía pensado salir del burbullo de Shibuya y beber shochu en el tugurio del shotengai de Naka Meguro donde Kugue san me mira la palma de la mano y me anuncia viajes y sorpresas. Si hubieras estado ahí esa noche, como tantas otras veces, yo habría sabido que el rodeo tenía un sentido, y ahora en cambio envilecía mi fracaso llamándolo rodeo. Era cuestión de seguir por los muelles hasta entrar en esa zona de grandes tiendas de Ginza que se acaba en la Showa Dori, pasar bajo la sombra violeta de la Tokyo Ta-wa y subir por mi calle. Ore no machi da.
Sé que un día llegué a Tokyo, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven. Sé que salías de un kaitenzushi de Yurakucho y que nos hablamos. Me hartabas un poco con tu manía de perfección, con tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable. Comíamos okonomiyaki en Tsukishima, y nos íbamos en bicicleta a Ueno, a cualquier hotel, a cualquier almohada. Pero otras veces seguíamos hasta Nippori, conocíamos cada vez mejor el cementerio de Yanaka, o entrábamos a un izakaya de Kanda o Hatchobori.
En fin, no es fácil hablar del Brujo que a esta hora anda seguramente por Kabukicho o Futako Tamagawa, mirando aplicadamente el suelo hasta encontrar un pedazo de género rojo, como la noche del terrón de azúcar en el kaiseki ryouri ya san de Waseda. Estábamos con Tsubasa y Naoko, y a mí se me cayó un terrón de azúcar. Un mozo se acercó pensando que se me había caído algo precioso, un takaramono, esa clase de episodios todos los días, mainichi mainichi no you ni.
Asqueroso, ¿no? Pero bueno, los dejo, me voy a buscar una sombrilla y tirarme bajo el sol a empezar el segundo capítulo. Ahh, tanoshimi ni shiteimasu.