Después de escribir un post sobre el (triste) estado de la blogosfera económica argentina (BEA), Finlandia y Rusia (o ELY y Mariano) publican dos excelentes posts complementarios sobre el dilema de la industrialización. A veces te sorprende comprobar como, desde dos lugares tan distintos, se puede estar diciendo en esencia lo mismo.
Es una vieja discusión, MOA vs MOI. Nuestro "destino manifiesto" agroindustrial vs nuestro "capricho" industrialista. Es un debate de los que uno disfruta ver en la BEA, pero quiero alertar sobre la inutilidad de meter en la discusión a la política automotriz. En el pasado, he despotricado contra eso de asignarle excesiva importancia a las "políticas de estado", pero se puede decir que todos los presidentes de la democracia (y antes también) han estado de acuerdo con que la Argentina debe producir automóviles.
Siempre se protegió a los autos. Gobiernos liberales y gobiernos nacionalistas, radicales y peronistas. Tendría que hacer un estudio más exhaustivo, pero creo que hasta los dictadores más sanguinarios tenían una debilidad por la industria automotriz. En el auge del festival de apertura de la economía, en 1991, se aprobó un régimen automotriz que liberaba importaciones, pero a cambio de inversiones y exportaciones. Se permitía la importación después del cierre total del mercado, pero siempre pensando en el mantenimiento de la industria local. El comercio de autos es una eterna espina política en el Mercosur. Muchas veces negociadas, más veces postergada, el sueño de una PAC sudamericana (la Política Automotriz Común del Mercosur) sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes del proceso de integración.
La Argentina nunca renunciará a tener una industria automotriz fuerte y viable. Aunque haya asignaciones alternativas de recursos más eficientes. Los detalles de implementación pueden variar según los signos políticos de los distintos gobiernos: en algunos casos se toman medidas que buscan el equilibrio de la balanza comercial, en otros casos se privilegia el mantenimiento de la mano de obra del sector. Por momentos se usan las "restricciones voluntarias", en otros momentos se aplica manu militari. A veces los subsidios son directos a las empresas productoras, a veces se disfrazan como apoyo a la industria (por ejemplo, con energía subsidiada). Pero siempre se busca mantener capacidad nacional.
Y la industria automotriz argentina no es un desastre. Tiene serios problemas (dependencia de capital y tecnología extranjeros, extinción parcial de las autopartistas en los '90) pero también tiene una ventaja importante: el Mercosur es funcional a la estrategia global de las automotrices para cubrir localmente el mercado sudamericano desde Argentina y Brasil. Una de las funciones del poder político es encontrar formas tendientes a que el objetivo nacional de fabricar autos no nos salga demasiado caro.
En los países desarrollados inventaron la expresión "multifuncionalidad de la agricultura" para tratar de adaptar el concepto de seguridad alimentaria a sus propias necesidades políticas. La idea por detrás de eso es que los mercados de alimentos son especiales, y que porcentajes elevados de auto-suficiencia alimentaria (el porcentaje de alimentos consumidos por la población que se producen nacionalmente) son políticamente deseables. Incluso a costo de generar ineficiencias económicas.
Y eso ocurre en buena medida porque en los países en donde la agricultura ha dejado de ser rentable (Europa, Japón, Corea) se sigue creyendo que mantener niveles adecuados de producción de alimentos es estratégico. Desmantelar toda una estructura milenaria de producción de alimentos porque es más eficiente importar todo no se le pasa por la cabeza a nadie, y la sociedad como un todo acepta pagar el costo de mantener esa estructura. Incluso como reaseguro para una crisis o emergencia. Que las hay.
Lo que muchas veces he charlado con colegas del norte es que en la Argentina pensamos igual, pero al revés. Comida tenemos, e incluso en caso de una interrupción total del comercio internacional no vamos a pasar hambre (aunque en esa eventualidad tendríamos que renunciar al mango y al ananá, lo que es casi tan catastrófico). Entonces para nosotros es estratégico encarar este asunto desde la multifuncionalidad de la industria, pensando en nuestro propio interés nacional: la seguridad automotriz.
Presidentes tan disímiles como Frondizi, Perón, Alfonsín, Menem, Kirchner y CFK han coincidido en la importancia estratégica de este sector, lo que no es poco. Entonces encarar cualquier política sectorial desde el punto de vista exclusivamente de la eficiencia es insuficiente. Como buena política de estado, no tenemos mucha flexibilidad para tocarla sustancialmente. La producción nacional de automóviles es un poco como nuestra soberanía sobre Malvinas: irrenunciable.
The movement to defend the Minneapolis 15
Hace 1 día
