lunes, 18 de marzo de 2013

En la provincia de Malanje (II)

Siguiendo con el post del otro día, el domingo nos despertamos en la ciudad de Malanje no muy temprano, desayunamos y partimos en dirección a Cacuso para tomar la ruta hacia el Parque Nacional de Pungo Adongo.


Malanje en sí no dice tanto: es una típica ciudad angoleña, con su parte colonial de principios de siglo XX, edificios públicos de la etapa desarrollista del colonialismo portugués pos II Guerra, vacío arquitectónico entre los '60 y 2002, y mamotretos nuevos y grúas y grúas. Todo rodeado de enormes musseques (favelas), y una panadería por cuadra. Así que nos rajamos rápido.

Mañana tormentosa, nubes espesas en el cielo, tomamos la ruta que sale de Cacuso sin saber muy bien qué esperar, y en menos de media hora empezamos a ver a lo lejos unas formaciones rocosas gigantes emergiendo del antiplano contra el cielo gris. A medida que nos acercábamos, empezamos a distinguir el tamaño y peculiaridad de cada forma de piedra. Y la magnitud de todo el complejo.

Pasando el primer conjunto de piedras, una explotación agrícola respetable. El cartel a la entrada menciona 10.000 hectáreas, un proyecto gubernamental. Parte (necesaria) de la obsesión por lograr abastecerse localmente de alimentos. Si una cooperativa en una provincia empieza a producir pepinos, es noticia en el Jornal de Angola.
Seguimos por la ruta hasta el segundo conjunto de piedras, y la entrada del parque nacional. Todo asfaltado, pero de resto es como si fuera territorio virgen. No hay un centro de información, no existen carteles explicativos, no hay un hotel o restaurante en ninguno de los pueblos de la zona.


Así que nos bajamos del auto, agarramos los caminitos y nos dedicamos a explorar las rocas. Subidas, bajadas, grietas, y vistas a más rocas, valles, y unos escenarios salidos del Señor de los Anillos. Tierra fértil hasta perder de vista. El Africa que uno no ve en los noticieros, un continente lleno de posibilidades, donde cada cosa que falta es señal de un potencial inexplorado.

Habiendo manejado a la ida, la vuelta me dediqué a mirar por la ventana. El auto volvió silencioso. Yo pensaba. Pensaba en las riquezas de un continente que uno tiende a ecualizar con la pobreza. Pensaba en las oportunidades de una tierra que nos enseñan a asociar con la desesperación. Pensaba en todas las semillas que se plantaron el año pasado, y como esas semillas son menos del 1% de todo lo que la Argentina puede hacer en este país. Pensando me quedé dormido. Una linda siestita antes de tomar el volante para entrar a Luanda.


Propiedad intelectual: las fotos las saqué del fb de c, de acá, acá y acá