La ley del servicio exterior es muy general sobre el asunto, el capítulo VII establece el sistema de traslados, plazos de permanencia (2 a 6 años en la Argentina, 4 a 6 en el exterior), plazo de 45 días para estar en destino, derechos de los funcionarios al ser trasladados: gastos de traslado, pasaje para los familiares. En uno de los artículos de menor grado de cumplimiento de toda la ley, el 55 establece que:
El Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto tendrá en cuenta en las designaciones y traslados que los funcionarios con mejor calificación deberán ser destinados prioritariamente a los países de América latina. Todo funcionario en el transcurso de su carrera deberá servir en dos períodos como mínimo en países latinoamericanos, y alternar en países de los cinco continentes; asimismo deberá prestar servicios por lo menos en dos oportunidades en funciones consulares, tanto en la Cancillería como en el exterior.
¿Es un chiste?
El reglamento de la ley establece cuestiones prácticas: que los matrimonios de diplomáticos tienen prioridad para obtener la misma ciudad, que salvo razones de servicio los traslados desde y hacia el exterior se efectuarán en el segundo semestre del año, la supuesta prioridad para los que cumplen plazos de permanencia máxima en destinos de régimen especial (los destinos tóxicos).
En la práctica, el sistema de traslados de los funcionarios que no son jefe de misión funciona alrededor de una gran licitación anual. Los jefes de misión son designaciones políticas, y no licitan. La llamada licitación es una publicación de las vacantes disponibles en el exterior según el rango, y las condiciones para presentarse: plazo mínimo de permanencia en la Argentina de dos años, los cursos aprobados, etc etc.
Con base en las vacantes disponibles uno llena un formulario con sus expresiones de deseo, lo pone en un sobre y se lo dirige a Papá Noel, en el Polo Norte. O a la Dirección de Personal en el 4° piso. Cada licitación viene con sus reglitas y bemoles particulares. En determinadas épocas, uno podía licitar un máximo de 3 lugares, hoy en día hay que licitar destinos en todos los continentes. Una de las grandes ventajas del sistema es que no se manda a la gente a dedo: si pedís muchos destinos dulces, te podés quedar sin nada en la mano, pero no te van a mandar a la fuerza a que te chupes una mandarina amarga. Creo que hay una lógica poderosa por detrás de eso: lo peor que nos puede pasar como Ministerio es tener a parte de la tropa puteando por tener que vivir en ciudades que no eligieron.
El sistema de licitaciones genera, además de toda la ansiedad de esas semanas, los nervios, las lágrimas, las amistades rotas, un curioso uso del verbo "licitar", que es parte del llamado "lenguaje diplomático" (?). Ejemplos de uso correcto: "iba a licitar este año pero me surgió el tema este del embarazo"; "licité París, Milán y Nueva York y me llamaron de Personal para ofrecerme Kiev. Dicen que queda en Europa. No sé si aceptar o no."; "si licito y me sale algo decente, te juro que me arrodillo y le pido la mano a la secretaria esa del 8°".
Una vez que vence el plazo de la licitación, empieza un delicado proceso para llenar todos los ravioles vacíos. En las áreas internas de cancillería, son momento febriles: los directores empiezan a armar sus shopping lists de gente que quieren ubicar, los elevan a los subsecretarios y de ahí al nivel negociador, que es el de Secretario. Los pasillos y ascensores se llenan de falsos influyentes diciéndole a la gente "lo tuyo ya está". Los sórdidos detalles, en la próxima entrega.
Con base en las vacantes disponibles uno llena un formulario con sus expresiones de deseo, lo pone en un sobre y se lo dirige a Papá Noel, en el Polo Norte. O a la Dirección de Personal en el 4° piso. Cada licitación viene con sus reglitas y bemoles particulares. En determinadas épocas, uno podía licitar un máximo de 3 lugares, hoy en día hay que licitar destinos en todos los continentes. Una de las grandes ventajas del sistema es que no se manda a la gente a dedo: si pedís muchos destinos dulces, te podés quedar sin nada en la mano, pero no te van a mandar a la fuerza a que te chupes una mandarina amarga. Creo que hay una lógica poderosa por detrás de eso: lo peor que nos puede pasar como Ministerio es tener a parte de la tropa puteando por tener que vivir en ciudades que no eligieron.
El sistema de licitaciones genera, además de toda la ansiedad de esas semanas, los nervios, las lágrimas, las amistades rotas, un curioso uso del verbo "licitar", que es parte del llamado "lenguaje diplomático" (?). Ejemplos de uso correcto: "iba a licitar este año pero me surgió el tema este del embarazo"; "licité París, Milán y Nueva York y me llamaron de Personal para ofrecerme Kiev. Dicen que queda en Europa. No sé si aceptar o no."; "si licito y me sale algo decente, te juro que me arrodillo y le pido la mano a la secretaria esa del 8°".
Una vez que vence el plazo de la licitación, empieza un delicado proceso para llenar todos los ravioles vacíos. En las áreas internas de cancillería, son momento febriles: los directores empiezan a armar sus shopping lists de gente que quieren ubicar, los elevan a los subsecretarios y de ahí al nivel negociador, que es el de Secretario. Los pasillos y ascensores se llenan de falsos influyentes diciéndole a la gente "lo tuyo ya está". Los sórdidos detalles, en la próxima entrega.
