lunes, 8 de noviembre de 2010

Diplomacia Revolucionaria

El otro día empecé con este post a divagar un poco sobre este libro de Paul Sharp. En ese post, identificaba las tres tradiciones de pensamiento en cuestiones internacionales, y en este quiero detenerme en el capítulo que Sharp le dedica a la relación entre la diplomacia y una de las tres tradiciones, la radical o revolucionaria (también llamada globalista o sistémica).


El pensamiento radical (no, no de la UCR) tiende a identificar al diplomático como enemigo - de ahí sale el incendiario panfleto de mi post anterior. Wallerstein, por ejemplo, basa su análisis en la existencia de un "sistema-mundo" caracterizado por la división internacional del trabajo y el surgimiento, en consecuencia, de Estados del centro y Estados de la periferia. Si, como Sharp infiere, la diplomacia implica un grado de compromiso con la razón de sistema, para pensadores que entienden que los problemas del mundo son sistémicos somos el enemigo.


A veces ocurre que actores políticos con la intención de cambiar el sistema radicalmente toman el poder en un determinado Estado y se abocan a sus tareas revolucionarias. Ahora bien, una de esas tareas consiste en relacionarse con los demás Estados que componen la comunidad o sistema internacional. Y ahí radica el primer dilema para la diplomacia revolucionaria: interactuar con los demás Estados implica, en cierta medida, aceptar las reglas del sistema que se busca suplantar.


En la práctica, las Revoluciones del último siglo (excluyendo las de cuño esencialmente nacionalista) han encontrado un equilibrio ad-hoc entre el carácter internacionalista de las proclamas y la necesidad de fortalecer el poder nacional ante un mundo hostil. Ese equilibrio muchas veces implicó posponer el planteo de una Revolución Global hasta "el momento en que estén dadas las condiciones". En otros casos, las necesidades internas no permitieron mantener ni siquiera el discurso internacionalista, lo que generó las autarquías del siglo XX: Albania, Corea del Norte, Burma.


Sharp advierte sobre los riesgos de la cooptación y el acomodamiento, y observa como la diplomacia soviética pasó de ser revolucionaria en sus orígenes (menciona el caso de Aleksandra Kolontai, primera mujer Embajadora de la historia) a ser más formalista y "conservadora" una vez que el papel de la URSS como gran potencia estaba establecido. En ese sentido, son pocos los ejemplos de diplomacia revolucionaria duradera en estado puro: Che Guevara, Al-Qaeda y no mucho más.


Cabe entonces distinguir, desde un punto de vista funcional, al agente de la diplomacia revolucionaria como pacato representante de un Estado revolucionario, de aquel abocado a las tareas específicamente revolucionarias. Para llamarlo de alguna forma, el diplomático subversivo. Si bien es raro encontrar ejemplos de diplomacia revolucionaria, la diplomacia subversiva es relativamente común. En la época de la Guerra Fría, tanto los EE.UU. como la URSS usaron extensivamente métodos de subversión para provocar cambios de régimen en terceros Estados, por ejemplo.


No me voy a detener en el significado e implicancias de la palabra subversión, pero hay una pregunta que es relevante: ¿qué busca subvertir la diplomacia subversiva? En algunos casos, que ya llamé "diplomacia revolucionaria en estado puro", se busca verdaderamente un cambio sistémico, un nuevo orden internacional. En la mayoría de los casos, sin embargo, la subversión se provoca a nivel local con un objetivo más limitado: avanzar el propio interés nacional en el Estado anfitrión.


Esto nos lleva directamente a la idea de legitimidad internacional, ya que lo se busca subvertir es una legitimidad pre-existente. Pero eso lo dejo para otro post.