miércoles, 2 de marzo de 2011

Si yo fuera Cortázar...

Aprovecho estas (merecidas) vacaciones para un nuevo intento de leer Rayuela. El cuarto o quinto. El exceso de francophollie me saca de quicio. Hay una clase particular de personas (en Cancillería hay muchos) que se cree la última coca-cola del desierto por hablar perfecto francés y conocer París como la palma de su mano. No sé, tengo amigos que hablan turco, persa, ruso o shaka zulu y lo llevan con naturalidad y gracia. Pero el francés, no.

Esa clase de personas que menciono se esfuerza por mostrar su asquerosidad. Hablan en francés entre ellos, tratando de detectar de qué arrondisement es el acento del otro. Como catadores de vinos. Mencionan un bistro exquisito en la Rue de Tribilin. Ojo que no tengo nada contra Francia o los franceses. Hasta tengo amigos franceses. Muy buena gente. Mi tema es con la francophollie, la necrophillie. El francés hoy es como era el latín antiguamente. 100% inútil, pero la gente se creía superior por conocer su gramática. Y ese prejuicio siempre me impidió disfrutar de Rayuela. O simplemente pasar las páginas.

Pero bueno, estoy de vacaciones y el médico me pidió que no sulfure. Así que me traje Rayuela, y logré terminar el primer capítulo. Lo voy llevando bien, pero necesito descargarme. Así que para pasar el rato en esta noche tropical, propongo una relectura del primer capítulo, sustituyendo las partes más pelotudas con elementos igualmente pedantes pero que me hagan sentir más cómodo.

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¿Encontraría al Brujo? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la Meiji Dori, al viaducto que sube hacia Daikanyama, y ya su silueta delgada se inscribía en el Namiki Bashi, a veces andando de un lado al otro, a veces detenido en el pretil de hierro imitando madera, inclinado sobre las vías de la Yamanote. Pero él no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto de ni-chome o en el Goruden Gai, quizá estuviera charlando con una vendedora de takoyaki o comiendo un yakisoba en Harajuku. De todas maneras subí hasta el puente y el Brujo no estaba. Dou shiyou to omotte...

Te acordarías Brujo de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Kinuta Koen, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado al lado de Hachiko, en Shibuya Eki, abandonado por alguna yamamba, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo. Yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque y desde allí lo tiré con todas mis fuerzas. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde y procelosa, kudaranai mono ano furui kasa kimi ga aru hi mitsuketa.

¿Qué venía yo a hacer a Namiki Bashi? Me parece que ese jueves de diciembre tenía pensado salir del burbullo de Shibuya y beber shochu en el tugurio del shotengai de Naka Meguro donde Kugue san me mira la palma de la mano y me anuncia viajes y sorpresas. Si hubieras estado ahí esa noche, como tantas otras veces, yo habría sabido que el rodeo tenía un sentido, y ahora en cambio envilecía mi fracaso llamándolo rodeo. Era cuestión de seguir por los muelles hasta entrar en esa zona de grandes tiendas de Ginza que se acaba en la Showa Dori, pasar bajo la sombra violeta de la Tokyo Ta-wa y subir por mi calle. Ore no machi da.

Sé que un día llegué a Tokyo, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven. Sé que salías de un kaitenzushi de Yurakucho y que nos hablamos. Me hartabas un poco con tu manía de perfección, con tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable. Comíamos okonomiyaki en Tsukishima, y nos íbamos en bicicleta a Ueno, a cualquier hotel, a cualquier almohada. Pero otras veces seguíamos hasta Nippori, conocíamos cada vez mejor el cementerio de Yanaka, o entrábamos a un izakaya de Kanda o Hatchobori.

En fin, no es fácil hablar del Brujo que a esta hora anda seguramente por Kabukicho o Futako Tamagawa, mirando aplicadamente el suelo hasta encontrar un pedazo de género rojo, como la noche del terrón de azúcar en el kaiseki ryouri ya san de Waseda. Estábamos con Tsubasa y Naoko, y a mí se me cayó un terrón de azúcar. Un mozo se acercó pensando que se me había caído algo precioso, un takaramono, esa clase de episodios todos los días, mainichi mainichi no you ni.



Asqueroso, ¿no? Pero bueno, los dejo, me voy a buscar una sombrilla y tirarme bajo el sol a empezar el segundo capítulo. Ahh, tanoshimi ni shiteimasu.

9 comentarios:

Matías dijo...

Yo también lo intenté y lo dejé varias veces, pero por meloso. Amo a Cortázar, pero no puedo terminar esa novela.

Chofer fantasma dijo...

Cortázar demuestra su argentinidad siendo cholulo de París. O será mejor decir tilingo?

Pero, convengamos, que no pasa de ser un rasgo de su carácter.

Ohio, De adentro San

El Fantasma de la Duda dijo...

Yo lo empecé una sola vez y no lo terminé. Quiero volver a intentarlo.

A propósito del tema, hay una cita de un cuento de Bioy Casares que está en "Historias de Amor" que dice:

"La circunstancia pinta al argentino. que recorre Europa como la palma de la mano, pero con tal de no visitar las maravillas del país declara que todo kilómetro es polvoriento y todo ferrocarril, una calamidad".

Saludos

el de adentro dijo...

Bueno, yo tenía miedo que me crucificaran por escribir las cosas que escribí sobre Cortázar. Por suerte no soy el único!! Chofer: se ve que París en los 50 era como Miami en los 90.

Fantasma dld: muy buena la cita.

Matías: Me está costando, pero ya terminé el capítulo 3. El capítulo 3 es el más tilingo y cholulo de todos. En un momento se pone a criticar a la clase media argentina por chata. Casi lo quemo. Pero sigo resistiendo.

Ana C. dijo...

Yo lo leí de jovencita y lo volví a leer de grande. Creo que me gustó más la segunda vez que la primera. No sé por qué no me molestaron todos esos detalles tilingos, porque en general suele ser un tema que me molesta. Creo que es porque París era la Buenos Aires de Cortázar.

Igual, me morí de risa con la versión japonesa.

Anónimo dijo...

Mi querido amigo bloguero: también intenté leerlo sin éxito. La pregunta sin embargo es la siguiente: Estando de vacaciones ¿por qué se tortura leyendo algo que no es de su entero agrado? Alma de mártir tiene el de adentro! Jeje! Besos, Flor

el de adentro dijo...

Ana: es que en el fondo está bien escrito. El gran problema para mí es pelar las capas de pelotudez para llegar a ese fondo...

Flor: tiene Ud. toda la razón. Creo que es una cuestión de equilibrio, una de cal y una de arena. Estoy en el paraíso disfrutando mis vacaciones, me voy a torturar un rato con Rayuela para compensar. Lo debería tirar al mar... Igual, al ritmo que voy, más que vacaciones necesitaría una jubilación anticipada para terminarlo..

nilda dijo...

a mi me pasa con murakami lo que a ud. le pasa con cortazar. Me da no se que hablar de estas cosas con gente de embajadas, porque vi que ud. es un tipo de traje chino de armani o algo asi. Es que yo soy una mujer de provincias y me achico un poco, soy humilde como gregoria matorras y no pongo acentos porque las pc estan armadas por gente roñosa que los coloca (perdon) donde no van, todo el mundo sabe que en las lexicon los acentos estaban al lado de la P.
De los musicos solo conozco a foo fighters y amo a jack jonhnson.
soy vieja,queselevaser.
agradezco que me tenga en su blogroll por que me gustan los chinos malos de las novelitas americanas del año 50. ah, y ademas escribi una novela cuyos personajes principales son un chino opiomano que tiene un local de magia en corrientes y suipacha y que muere el dia que secuestran a los hermanos Born.
un cariño.

el de adentro dijo...

Nilda querida,

Yo la vengo siguiendo desde el día que Ud. se ofreció a cuidarme el ispa cuando yo estaba en Alemania ayudando a organizar la visita de la PNA. Respecto a lo del traje Armani, le aseguro que es trucho. Yo soy de la República de San Telmo, pero no la San Telmo palermitana de hoy en día, la San Telmo de los yotivencos de toda mi vida. Uno puede estar donde esté, en el Palacio de Hotshcfenhofferstrasse, pero el rioba está adentro...